15.5.17

Lejos y cerca

En aquella primera época, hubiera dado igual que les separaran los 100.000 millones de años luz del Universo observable; como si cada uno de sus átomos estuvieran cuánticamente entrelazados entre ellos, se sentían un solo ser. A veces su coordinación era tan grande que bromeaban con que parecía paranormal.

Eran jóvenes, sin recursos, y vivían separados por miles de kilómetros, pero afortunadamente coincidieron en un período temporal en el que la tecnología permitía salvar, de cierta manera, esas distancias hasta el punto de no estar más lejos que lo que sus caras lo estaban de la pantalla que les alumbraba a altas horas de la noche. Sus manos, más que acariciar el teclado, acariciaban los dedos que desde el otro lado de la línea les deseaban buenas noches, o les deseaban, a secas.

El espaciotiempo el Universo se expandía. Ellos conseguían estar cada vez más cerca. Por la implacable Termodinámica, el Universo se enfriaba poco a poco. Su relación, a veces, también.

Pudieron estar juntos a intervalos intermitentes durante una temporada. Resultaba irónico que por aquel entonces cualquier distancia superior a la que permitiera un abrazo hicieran ya igual de insoportables un metro que mil kilómetros.

Cuando por fin todas las tretas del Cosmos fueron doblegadas y podían estar juntos hasta el fin de sus latidos, se encontraron una tarde sentados lado a lado en un sofá, viendo un programa infantil junto a su pequeño retoño. Cuerpo con cuerpo, casi piel con piel. Jamás se habían sentido tan distantes de su compañero, tan solos a tan poca distancia. En televisión, una marioneta azul explicaba la diferencia entre "lejos" y "cerca". Qué sabría él...

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

17.4.17

Ya ves


–Ya ves.
–Cerrojos y candados –respondía ella.

Era un retruécano fácil, pero que siempre me sacaba una sonrisa. La adoraba, aunque no parecía haber forma de dar con la clave (llave en latín, volviendo al tema) de su corazón.

Muchos no lo saben, pero el mecanismo de una cerradura es bastante simple, dentro de lo que cabe. Recuerdo con cariño el taller de lock-picking enmarcado en unas jornadas sobre software libre y "seguridad informática" (porque ¿para qué hackear una máquina cuando puedes tener acceso directo a ella entrando al cuarto donde esté?). Desde entonces, llevo siempre encima mi juego de ganzúas y el tensor. Para ser riguroso debería decir que llevo lo que no se me ha perdido del set de ganzúas, y el tensor. Este hecho me ha dado algún quebradero de cabeza a la hora de entrar en Hacienda o viajar en avión (alguna vez fintado con la burda excusa de que la ganzúa era para quitarme la mierda de las uñas...) y, francamente no es que haya habido ninguna situación en la que me haya salvado el pellejo, pero no deja de ser una sensación interesante y hasta adictiva la de hurgar en las entrañas oscuras de una maquinaria con piezas móviles donde es necesario sentir cada pequeño movimiento, notar más que escuchar cada "click" que te acerca más a tu destino, o que te avisa de que te has alejado y hay que volver a empezar, y el subidón cuando el tensor por fin, haciendo las veces de llave, da la vuelta en el tambor. O cuando compruebas que tu cerebro ha aprendido cómo abrirla sin que te des cuenta y las subsiguientes pruebas son exponencialmente más rápidas. Y también, claro, la frustración de tener que dejar alguna por imposible. Exactamente lo que pasó con la cerradura de su corazón.


Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.