16.10.17

Selenitas de postín

Oscura. Aislada. Envuelta por una capa de nada a unas décimas sobre el cero absoluto. Infernal cuando el sol le dirige la mirada. Cubierta por un manto de polvo fino de consistencia similar a ceniza creado a fuerza de incontables fracturas por la tensión estructural debida a infinitas contracciones y dilataciones. Completamente asfixiante, sin aire alguno. Yerma. Desolada por cráteres de impacto. Difícil de alcanzar. Y de poca utilidad intentarlo.

La vieja luna ha sido durante eones muda testigo de innumerables apareamientos, desoves y nacimientos de todo tipo de especies en las cambiantes líneas de costa. Incluso, no pocas veces, estos escarceos se perpetraron con la excusa de su potente reflejo nocturno, conjugado a menudo con los flujos y reflujos de marea que causa. Esa noche, como también tantas otras, ese influjo quedará a merced de otros elementos tremendamente más pequeños y terriblemente más poderosos.

En el paseo nocturno a la orilla del mar, él, poeta aficionado, con sus ojos haciendo chirivitas y su boca anhelante de besos, la acaba de comparar con la luna. Ella, astrónoma aficionada, con sus ojos resecos por la salmuera y tratando de deshacerse de algunos molestos granos de arena de la boca, acaba de decidir que él no es la persona adecuada.

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

11.9.17

De nuevo juntos

Se miró los dientes en el retrovisor del coche que había aparcado frente a la tienda. Disimuladamente, comprobó si su aliento estaba en condiciones. Cruzó la acera y paró unos minutos en la floristería, donde recogió un precioso ramo compuesto de violetas y jazmines, las flores preferidas de ella.

Todo tenía que ser perfecto en el reencuentro, así que repasó la lista mentalmente. Regalos, dientes limpios, aliento aceptable, traje recién salido de la tintorería, ducha reciente, desodorante y perfume caro, peluquería, su mejor sonrisa y sus ojos brillantes, radiando de expectación.

El corazón le iba a mil, recordando sus últimas horas juntos, sus labios recorriendo todo su cuerpo, su mirada suplicante antes de tomarla... Aceleró el paso y se dirigió a las afueras de la ciudad, al lugar que mentalmente, reconociendo la cursilería, él llamaba "su nidito de amor".

Ante la puerta de entrada, decidió descalzarse y subir las escaleras hasta la habitación haciendo el menor ruido posible. Abrió la puerta con un gesto de lo más teatralmente cómico.

–¡Hola, cariño! ¡Adivina quién ha vuelto!

Semidesnuda, con sus muñecas atadas con bridas a la cama y mechones de su pelo pegados con coágulos de sangre a sus mofletes hinchados, volvió a orinarse encima.

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.