19.6.17

Pérdida

Como cada mañana antes de salir, empezó a rellenar sus bolsillos de todo aquello que le podía hacer falta a lo largo del día. Un viandante que asistiera a tamaño espectáculo, probablemente añadiría "suponiendo un ataque zombie a escala masiva". Siempre elegía pantalones con bolsillos grandes, enormes, para ese motivo y, si bien no era escrupuloso en general con la estética o la moda, si algo le causaba un trastorno es el que le regalaran unos pantalones donde no pudiera meter cómodamente sus manos en sus bolsillos hasta la mitad del antebrazo. Y si tenía un par de bolsillos extra en la parte inferior del pantalón, a ser posible con botones, velcro o cremalleras –en orden inverso de preferencia–, tanto mejor.

Así pues, además de la preceptiva cartera, llevaba: las llaves, atadas con una cadena a una de las trabillas más cercanas al bolsillo, y rodeando el interior de la cartera para asegurarla ante un intento de hurto; un pañuelo; también llevaba el resto del paquete de pañuelos; una cajita de juanolas, que le confería un aspecto de maraca humana gigante al caminar; ocho euros con cuarenta y cinco, que llevaba fuera de la cartera por si algún día la pudiera perder; un destornillador pequeño; un juego de ganzúas; y una navaja multiusos.

Con su aspecto a medio camino entre un pescador despistado, un cantante de hip-hop venido a menos y un nerd expulsado de una convención de ciencia ficción, estaba llegando a su trabajo –como cada mañana, demasiado tarde y a toda prisa– cuando, con el frescor de la alborada, metió sus manos hasta el fondo del abismo para descubrir, con horror, el enorme agujero que auguraba una terrible pérdida...

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

15.5.17

Lejos y cerca

En aquella primera época, hubiera dado igual que les separaran los 100.000 millones de años luz del Universo observable; como si cada uno de sus átomos estuvieran cuánticamente entrelazados entre ellos, se sentían un solo ser. A veces su coordinación era tan grande que bromeaban con que parecía paranormal.

Eran jóvenes, sin recursos, y vivían separados por miles de kilómetros, pero afortunadamente coincidieron en un período temporal en el que la tecnología permitía salvar, de cierta manera, esas distancias hasta el punto de no estar más lejos que lo que sus caras lo estaban de la pantalla que les alumbraba a altas horas de la noche. Sus manos, más que acariciar el teclado, acariciaban los dedos que desde el otro lado de la línea les deseaban buenas noches, o les deseaban, a secas.

El espaciotiempo el Universo se expandía. Ellos conseguían estar cada vez más cerca. Por la implacable Termodinámica, el Universo se enfriaba poco a poco. Su relación, a veces, también.

Pudieron estar juntos a intervalos intermitentes durante una temporada. Resultaba irónico que por aquel entonces cualquier distancia superior a la que permitiera un abrazo hicieran ya igual de insoportables un metro que mil kilómetros.

Cuando por fin todas las tretas del Cosmos fueron doblegadas y podían estar juntos hasta el fin de sus latidos, se encontraron una tarde sentados lado a lado en un sofá, viendo un programa infantil junto a su pequeño retoño. Cuerpo con cuerpo, casi piel con piel. Jamás se habían sentido tan distantes de su compañero, tan solos a tan poca distancia. En televisión, una marioneta azul explicaba la diferencia entre "lejos" y "cerca". Qué sabría él...

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.